23 de noviembre de 2020

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Salir de Wuhan en tren es toda una odisea

Si con la pesadilla del coronavirus parece que estamos viviendo una película apocalíptica, salir del epicentro de la pandemia en Wuhan para regresar a Pekín es pura ciencia-ficción. Al ser la capital de China, donde está ese nuevo emperador rojo que es Xi Jinping, las medidas de seguridad son extremas para evitar un brote en esta ciudad de más de 20 millones de habitantes. Otro motivo es que el régimen se prepara para celebrar tras las vacaciones del 1 de mayo la Asamblea Nacional Popular, la reunión anual de su Parlamento orgánico suspendida en marzo por la pandemia. Convocar dos meses después dicho cónclave, que congrega a 3.000 diputados venidos de todo el país, le serviría a China para cantar victoria definitivamente mientras el resto del planeta sufre los estragos de la enfermedad Covid-19.

Por ese motivo, salir de Wuhan en dirección a Pekín es más difícil que entrar. Para controlar las llegadas, las autoridades han suprimido los vuelos directos y limitado a mil los pasajeros que pueden tomar cada día los dos únicos trenes de alta velocidad que conectan ambas ciudades. En el segundo, el G4804 que salía a las 10:52 de la mañana, regresamos ayer junto a varios cientos de personas que trabajan o estudian en Pekín y acaban de salir de su estricto confinamiento de casi tres meses.

Para tomar este tren, todos los viajeros deben haberse hecho la prueba del coronavirus durante la última semana y tener verde su código QR en el móvil, que acredita su salud. En una puerta de la estación de Wuhan, reservada para que los pasajeros de este tren no se mezclen con otros, policías y revisores pertrechados con monos blancos de protección comprueban la temperatura y la información enviada a una aplicación para pedir la cuarentena en casa o en un hotel designado por el Gobierno.

Al llegar a Pekín, los pasajeros son registrados de nuevo antes de llevarlos a sus casas o a un hotel para que cumplan una cuarentena de dos semanas
Al llegar a Pekín, los pasajeros son registrados de nuevo antes de llevarlos a sus casas o a un hotel para que cumplan una cuarentena de dos semanas – P. M. D.

Controles de temperatura

Por seguridad, en los controles de acceso nos requisan los botes de alcohol y hasta las toallitas húmedas que muchos viajeros llevamos. Además de taparnos todos la cara con mascarillas, la mayoría lleva guantes de látex, gafas protectoras y gorros o capuchas. Algunos incluso visten los fantasmagóricos trajes blancos de protección y una madre y su hijo se cubren con una especie de traje «zentai» japonés, que parece un disfraz de mosca o alienígena que les tapa la cabeza.

Ya en el tren, hay un asiento libre de separación entre cada pasajero y los revisores toman la temperatura dos veces en las seis horas que dura el trayecto. Por la ventanilla, a 300 kilómetros por hora pasa un paisaje permanente de obras y rascacielos en construcción, que certifica la progresiva vuelta a la normalidad en China tras dar por controlada la epidemia. A nuestro lado, Yin Guangrong, un profesor de baile pertrechado con un chubasquero, guantes y gafas, vuelve a Pekín «contento por haber salido del confinamiento en Wuhan, pero consciente de la cuarentena de dos semanas que aguarda al llegar».

En la Estación del Oeste de Pekín nos recibe una legión de «astronautas», tan bien protegidos que nos hacen sentir como si fuéramos apestados o refugiados de una guerra atómica. Con altavoces, separan a los pasajeros por distritos y, tras comprobar que los datos son correctos, los llevan a los autobuses que esperan en el aparcamiento, que nos van repartiendo por la ciudad. Al vivir en el distrito de Chaoyang, a este corresponsal le toca ir hasta el parque del mismo nombre, donde otros funcionarios con monos blancos registran nuestra llegada y toman fotos del pasaporte y el billete. Además del transporte gratuito, el trato es tan afable que hasta nos ayudan a llevar el equipaje y nos dan una bolsa con comida.

¡Bienvenido a la cuarentena!

Desde el parque de Chaoyang, y bajo un chaparrón para el que nos entregan un poncho de plástico, otro autobús me lleva a mí solo a mi subdistrito, donde me recoge una furgoneta que me traslada a mi domicilio. Antes de entrar en casa, hay que firmar y estampar el dedo índice en varios certificados prometiendo el cumplimiento de dos semanas de cuarentena. Para que no la rompa, han instalado un sensor en mi puerta, que al abrirse me muestra la calidez del hogar, dulce hogar tras un largo viaje. ¡Bienvenido a casa! ¡Bienvenido a la cuarentena!.

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