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“Entre Correas y mordazas”, editorial de elcomercio.pe

Editorial del Diario El Comercio
Lima, Perú

Rafael Correa está por lograr una ley que prohíbe a la prensa ecuatoriana publicar, en tiempos de elecciones, cualquier información u opinión que “tienda a incidir a favor o en contra” de los candidatos en campaña. Dice estar buscando de esta forma evitar que los medios, que serían “corruptos, mediocres y malintencionados”, manipulen a la ciudadanía.

Desde luego, la premisa detrás de la generosa protección del señor Correa a su pueblo es que este no puede discernir por sí solo entre diferentes opiniones y datos, por lo que lo mejor es que no se le ofrezcan más contenidos que los que los candidatos quieran darle. La razón por la que el mismo pueblo, en cambio, sí puede discriminar entre lo que estos candidatos le dicen, permanece siendo un misterio. Si tratase de ser coherente, Correa tendría que amordazar no solo a la prensa sino también a los candidatos durante las campañas. Salvo, desde luego, que el presidente entienda que los políticos, a diferencia de la prensa, no manipulan en sus dichos,y que, consiguientemente, los ciudadanos sí están a salvo escuchándolos solo a ellos antes de decidir.

El tema es relevante para nosotros no solo por la solidaridad que nos despierta la prensa ecuatoriana. Lo es también porque es un asunto que va más allá del país vecino y que forma, de hecho, una verdadera moda en casi todo el resto de países andinos. Únicamente para mencionar lo más reciente, el presidente Correa aún está persiguiendo judicialmente al exiliado Emilio Palacio y a los dueños de “El Universo”. Cristina Kirchner está multando a quien contradiga las curiosas cifras oficiales de su gobierno. Evo Morales ha restringido por ley la participación de la iniciativa privada en radio y televisión a solo el 33%. Y para contar lo que el señor Chávez hace cada año contra la prensa no alcanza el espacio de este editorial.

El argumento es siempre el mismo (y uno que hasta hace poco repetía el presidente Humala, quien, afortunadamente, ya parece haberlo descartado). La libertad de prensa es solo libertad “para unos pocos”: los dueños de los medios o, para decirlo con las palabras textuales de todos estos gobernantes, “una oligarquía”.

La idea, naturalmente, se salta a la garrocha unos cuantos hechos esenciales: que un medio produce mensajes, que los mensajes van a las conciencias, que a estas, a diferencia de lo que pasa con las cosas materiales, no se puede entrar por la fuerza, y que, en suma, una opinión nunca puede vencer sin convencer. No hay que ir más lejos de nuestra última campaña electoral para ver hasta qué punto esto es verdad: quien acabó ganando la presidencia era claramente, al menos en la primera mitad de la campaña, un candidato sin apoyo en la prensa. Y ni hablar de la campaña, antológica en este sentido, de 1990.

Lo único que puede dar poder a un medio son los ciudadanos que lo consumen y no se puede, por tanto, atentar contra la libertad del primero sin pasar por encima de la de los segundos. La libertad de expresión de un medio, en otras palabras, es la contracara de la libertad de conciencia de quienes lo escogen. Y nadie que deba su posición a una elección de la conciencia ciudadana debería poder decir que esta no sabe lo que hace.

Editorial del diario El Comercio, de Lima, Perú. Publicado el 20 de enero de 2012.

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